Querido padre:
He ido a Tharbad como os dije con un propósito que no os he revelado: encontrar el eco de mi corazón. Vos sois sabio y habréis adivinado de qué y quién os hablo: el quién es aquel que tiene el cabello de oro resplandeciente y la voz como una música. Toda la Tierra Media se enorgullece de la fuerza de su mano y de la sabiduría que hay en su frente, y en los días en los cuales honró nuestro castillo con su presencia, a la vez que encontró vuestro consejo y la curación de las heridas de su pecho, abrió una profunda brecha en el mío que ya sólo se consuela en su presencia. Voy en su busca porque ansío cruzar mi camino de justicia y aventuras con el suyo y recibir el calor de su mirada.
Sé que mi decisión os disgusta, y no ignoro que vendrán días en los que yo misma me arrepentiré de ella. Tampoco ignoro que puede ser posible que no regrese, pero no puedo olvidar quién soy: la hija de un rey y de un mago, y cuál es mi compromiso para con esta Tierra Media sobre la que se ciernen las fuerzas oscuras.
Cuidaos, pues no sé cuándo volveré a veros ni si encontraré las luchas que anhela mi alma, pero no temáis: vos mismo me habéis enseñado a batallar contra mí misma y a ser fuerte... Si es preciso, regresaré a tiempo para recibir vuestra regañina.
Allí donde me encuentre os llevaré en mi corazón. Que los Valar os protejan,
Íliandel
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